domingo, 31 de marzo de 2019

Inmigración. Cristina Cattaneo, la forense que trata de poner nombre a los inmigrantes ahogados en su viaje a Europa

Queridos consumidores compulsivos de la vieja Europa, supongo que ya sabéis, aunque os hagáis los distraídos, que el Mediterráneo lleva un tiempo siendo, además de un vertedero de nuestras basuras, un auténtico cementerio de seres humanos a los que también tratamos como desechos. En este mare nostrum ahogan sus vidas, sus ilusiones, sus esperanzas y sus deseos de dignidad miles y miles de mujeres, niños y jóvenes de esa parte del mundo que nunca sale en nuestros escaparates, ni en nuestros controlados y cuidados medios de incomunicación. 
Por suerte, no a todos los europeos les han extirpado el área cerebral de la empatía y la fraternidad, hay un reducido grupo de resistentes a esta falta de sensibilidad humana. Entre estos europeos aun no lobotizados, esta la doctora forense Cristina Cattaneo. Esta forense italiana ha publicado un libro donde relata su trabajo y su experiencia en la identificación de más de mil cadáveres rescatados de las aguas del Mediterráneo.
Algunas historias deberían hacernos pensar un poquito sobre la sociedad mundial que estamos construyendo entre todos: los cuatro tarados que la construyen sin perder un minuto y el resto de millones de seudociudadanos que hemos perdido la capacidad de intervenir en nada, salvo para balbucear mientras devoramos comida basura, la marca del próximo móvil o juego que necesitamos para sentirnos aliviados del vacío existencial que produce el habernos convertido en cosa.  
Por ejemplo, la historia de el chico de Malí que llevaba cosidas a la ropa sus notas del colegio para acreditar su valía. Y en relación a esta historia, me haré eco de las palabras del magistrado Emilio Calatayud:  
"Los forenses descubrieron que el pequeño llevaba cosidas en su ropa las notas escolares para que los europeos viéramos lo buen estudiante que era. ¡Que pena! ¡Cuánto podríamos haber aprendido de él!. Por favor, padres y maestros contad esta historia a vuestros hijos y alumnos. Y particularmente a los ninis, a los que no estudian ni trabajan porque no les da la gana. Se lo debemos a ese pequeño de 14 años que quería enseñarnos sus buenas notas para poder quedarse con nosotros."
Ahora os paso la historia completa recogida por la prensa. 
Había nacido en Malí hace 14 años y era un buen estudiante. No contaba con un visado que le permitiera entrar en Europa, pero estaba convencido de que su mejor salvoconducto iba a ser su boletín de notas. Cuando los europeos comprobaran cuánto se había esforzado en matemáticas y lo bien que se le daba la física, tal vez le dejaran quedarse con ellos y emprender una nueva vida en el Viejo Continente. Un sueño lejos de la miseria de casa. Para evitar perder el expediente durante los más de 3.000 kilómetros que le quedaban de viaje o que se lo robaran los ladrones y traficantes, el muchacho lo escondió en un bolsillo secreto que cosió a su chaqueta. Ahí permanecería hasta que llegara la hora de sacarlo a la luz con cierto orgullo delante de un funcionario encargado de inmigración. Le haría ver que él era un chico trabajador y serio, digno de que se fiaran de él y de que le dieran una oportunidad en la tierra de los ricos.

No fue ningún policía quien encontró el boletín. Lo halló la médico forense y antropóloga italiana Cristina Cattaneo cuando, con su equipo del Laboratorio de Antropología y Odontología Forense de Milán (Labanof), realizó las autopsias a los inmigrantes que fallecieron en la barcaza naufragada el 18 de abril de 2015 en el Canal de Sicilia. Más de mil personas murieron en aquel desastre. Es una estimación según el testimonio de los supervivientes, pero nunca se sabrá el número real de desaparecidos. Entre los 528 cuerpos sin vida que Cattaneo y sus colaboradores examinaron cuando las autoridades italianas consiguieron sacar del agua la barcaza naufragada, estaba el del adolescente de Malí.

«Aquel día todos nos quedamos impresionados por un cadáver en particular. Se notaba que pesaba menos que el resto. Cuando abrimos el saco mortuorio vimos que se trataba de un cuerpo cuyas articulaciones casi se habían convertido ya en un esqueleto. Estaba vestido con chaqueta, chaleco, camisa y pantalones vaqueros», cuenta la forense en 'Naufraghi senza volto. Dare un nome alle vittime del Mediterraneo' (Naúfragos sin rostro. Dar un nombre a las víctimas del Mediterráneo), el libro recién publicado en Italia por Raffaello Cortina Editore.

La antropóloga cuenta en el volumen el trabajo que lleva desarrollando desde 2013 para tratar de recuperar la identidad de los inmigrantes y refugiados ahogados en el Canal de Sicilia y dar así una dignidad a los muertos. Es una labor de investigación científica y documental en la que tienen tanta importancia los restos humanos como los objetos y documentos que encuentran con los fallecidos. Hay dinero, auriculares, carnés de la biblioteca o que acreditan como donante de sangre, teléfonos, fotografías de novias o esposas... Incluso un boletín de notas, como el de aquel chico de Malí que supieron que tenía unos 14 años gracias al desarrollo de sus huesos.

«Empezamos a desvestirlo. Mientras palpaba la chaqueta, sentí algo duro y cuadrado. Lo cortamos desde dentro para recuperarlo sin dañarlo. Me encontré entre las manos con un pequeño haz de papeles con varios estratos. Traté de separarlos sin que se rompieran y luego leí: 'Boletín escolar'. En una columna, con las palabras un poco descoloridas, estaba escrito: matemáticas, ciencias físicas...». La forense se quedó tan sorprendida como los otros miembros del equipo al darse cuenta de que tenían frente a ellos el expediente, escrito en francés y en árabe, de un muchacho de educación secundaria. «Pensamos todos lo mismo, estoy segura: ¿qué expectativas tenía este joven adolescente de Malí para esconder con tanto cuidado un documento precioso para su futuro, que mostraba sus esfuerzos, su capacidad de estudio? ¿Pensaba que le habría abierto quién sabe qué puerta de una escuela italiana o europea?». De aquella ilusión sólo quedaba un cuerpo sin vida y un puñado de papeles descoloridos por el agua del Mediterráneo.

La historia del adolescente con el boletín escondido en la chaqueta se ha convertido en viral en las redes sociales en Italia después de que apareciera en el diario 'Il Foglio' acompañada de una bella ilustración de Makkox. En su dibujo se ve a un chaval de rasgos africanos sentado en el fondo del mar al que le dicen un pez y un pulpo al ver su expediente: «Guau, todo dieces. Una perla rara».

Nada es peor que no saber

Cattaneo está enamorada de su trabajo, que según cuenta le permite ver lo más feo y lo más hermoso del ser humano. Pero considera que es una obligación moral tratar con la misma diligencia a todos los muertos. «Vamos corriendo a identificar a las víctimas blancas de un desastre aéreo y tenemos que hacer lo mismo con los que fallecen en condiciones más difíciles y con sordina. El cuerpo de un inmigrante debe tener la misma dignidad que el de cualquier otro», sostiene la antropóloga en una entrevista con la publicación italiana 'Freeda'. «Identificar un cadáver es un derecho sacrosanto. Sabemos que le da dignidad a la persona que ha muerto y, sobre todo, a quien se ha quedado aquí». Con el trabajo de los forenses se consigue poner fin a la llamada 'pérdida ambigua', el devastador sentimiento que sufren quienes no saben si su familiar o ser querido está vivo o muerto. «No hay nada peor que eso, que no saber si tu padre está en el desierto como un esqueleto, en el fondo del mar o sigue vivo en algún lugar».

El libro de Cattaneo relata la dura experiencia del equipo de investigadores de Labanof durante los tres meses que pasaron en Sicilia conviviendo con los cadáveres extraídos de la barcaza en la que murieron unas 1.000 personas en el Mediterráneo en 2015. «De las cosas que más me impresionaron fueron los paquetitos cosidos a la ropa. Yo al principio no sabía lo que era y pensé que era alguna droga para traficar. En cambio, eran pequeños saquitos de tierra que se llevan de recuerdo de su país. Es algo que nos tocó a todos en el equipo. Yo misma me llevo siempre cuando viajo flores, hierbas y ramas de los lugares que me gustan».

En el cementerio de Siracusa y en el de otras localidades del sur de Italia es posible encontrar las tumbas de los inmigrantes y refugiados a los que Cattaneo y sus compañeros no consiguieron dar una identidad. Sus lápidas conmueven. 'Desconocido número 3. Edad comprendida entre los 25 y los 35 años. Muerto en aguas del Mediterráneo. Desembarcado en el puerto de Augusta', puede leerse en una de ellas junto a la fecha en la que el cuerpo fue bajado a tierra. Hay otros casos en los que el trabajo de los forenses permite llevar algo de paz a los muertos y a sus allegados. Uno de ellos es el de una refugiada acogida en Estocolmo que reconoció su número de móvil sueco anotado en un cuaderno que llevaba encima un cadáver irreconocible. Era su hermano.

La autora de 'Náufragos sin rostro' y su equipo han examinado cerca de 1.800 cadáveres recuperados en 17 naufragios en los últimos años. De momento han conseguido identificar a 50 muertos y hay alrededor de un centenar de casos en los que tienen esperanzas de poder conseguir un nombre y un apellido. «Hemos demostrado que se puede hacer. Hacen sólo falta los recursos, la buena voluntad y la

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